Cumplo hoy con la hermosa tradición de
transmitiros las impresiones y vivencias de mi
iniciación. He tardado, pero entiendo
que ha debido ser así. De haber tenido
que cumplir con este placentero compromiso días
después de mi iniciación me hubiera
resultado especialmente difícil y complicado.
Los días y el paso del tiempo han permitido
que en mi memoria y en mi razón se ordenaran
recuerdos y sensaciones intensas.
A pesar de todo, y por mucho que me empeñe,
creo que no seré capaz de transmitiros
con fidelidad la parte más especial, y
para mí más importante, como fueron
la percepción y los sentimientos experimentados
en aquellos momentos, porque entiendo e imagino
que, como para todos vosotros, resulta una vivencia única
y, siendo igual, siempre diferente. Y son ese
tipo de vivencias las que quedan en la parte
más íntima de nuestro corazón,
de nuestra alma o de nuestra memoria y por ese
mismo motivo son las más difíciles
de expresar.
Dicho lo cual, y aunque sea con las dificultades
ya apuntadas, quiero haceros partícipes
de algo muy especial para mí. Al hacerlo
tengo la sensación del viajero que, a
su regreso, comparte con sus amigos los recuerdos
del viaje. Un viaje, al que se me invitó después
de meditar sobre su valor y significado y no
sin mucho preguntarme por lo que habría
al final del mismo; con esas íntimas dudas
que todos albergamos acerca de lo que buscamos
y el deseo de saber si encontraremos la recompensa
de su hallazgo.
Os diré que fue un viaje que voluntaria
y deliberadamente acometí sin consultar
rutas ni guías, por que quería
descubrirlo con ojos limpios y nuevos.
Decidido y sin miedo me dispuse a emprenderlo,
porque siempre he entendido que en la libertad
no hay miedo y libre me sentí al iniciarlo
y libre fui en todo momento para abandonarlo.
He
de deciros que al iniciarlo se me hizo saber,
como intuí en mis reflexiones previas,
que necesitaría muy poco pertrecho y que,
en todo caso, ese pertrecho, sin yo saberlo,
ya venía conmigo.
Un viaje en el que no os puedo negar que sus
preparativos me inquietaron, no comprendía
la necesidad de que se me privara o se limitaran
mis sentidos cuando una de mis más poderosas
motivaciones al emprenderlo era ver y conocer.
Os contaré que esa inquietud pronto desapareció cuando
en auxilio de mis mermados sentidos acudió una
mano firme que ayudó a que mis primeros
pasos, siendo torpes al adentrarse en lo desconocido,
resultasen un poco más seguros. Mi temor
a caer o tropezar desaparecía, poco a
poco, al saber que no estaba solo y esta sensación
no me abandonó en ningún momento.
Os anticipo que a medida que las etapas de mi
viaje se sucedían, comprendía que
cada paso encontraba su justificación
en el anterior y que toda mi ruta y la forma
en la que se me invitaba a proseguir en ella
obedecía a antiguas y poderosas razones
y no era fruto del azar o el capricho.
Desde el instante en el que traspasé la
puerta de embarque mis recuerdos no mantienen
sensación física de espacio o tiempo.
Esa misma ausencia de sensación me ayudó a
concentrarme en mi empresa y a comprender con
prontitud que la culminación del viaje
dependía de mi resolución y que
ella sería puesta a prueba.
Llegados a este punto os diré que fueron
severas voces las que inquirieron de mí respuestas
alas más variadas cuestiones y fueron
esas mismas voces las que me invitaron a someterme
a pruebas que mi resolución aceptaba de
buen agrado. Eran voces en las que detrás
de su tono firme percibí el interés
por mi persona.
Mi desconcierto y dificultades iniciales se
iban tornando en firmeza, de este modo las jornadas
que en un principio se me antojaran difíciles
fueron haciéndose más accesibles
gracias a una seguridad que me transmitía
el entorno y que yo mismo percibía como
se asentaba en mi interior. De este modo he de
contaros que esas mismas voces que en su primera
impresión encontré severas y adustas
comenzaban a revelarse con familiaridad y desprendían
una afectiva sensación de acogida.
Finalmente
os diré que fui marcado y
juramentado, símbolos que me agradaron
especialmente y con los que me sentí llevado
a tiempos lejanos en los que el pacto tenían
un valor y significación mucho más
profunda y vital que la mera convención.
Al final del viaje, una vez recobrada la plenitud
de mis sentidos y con un vivo sentimiento de
pertenencia y compromiso, supe que comenzaba
un nuevo viaje, que en esta ocasión no
emprendería solo y para el que contaba
con compañeros que entendían y
compartían la necesidad que me había
llevado hasta ellos.
Si después de haber escuchado las palabras
con las que he ordenado mi relato habéis
adivinado o quizás encontrado en ellas
el sentimiento y la huella que a todos nos deja
una experiencia única, creedlo, porque
así fue, mis queridos hermanos.
Fuente: Revista Masónica Acacia No. 14